Antonio Esteban Obligado


Vida de Antonio Esteban Obligado (1737-1822)

Abuelo en sexto grado de mi madre


De: Tradiciones Argentinas
Autor: Pastor Servando Obligado


POBRE EN ESPAÑA, RICO EN BUENOS AIRES

(crónica del año 1737)


I

Es la sencilla historia de cómo un pobre se hizo rico y cómo seguir pueden hacerse ciento.

Antonillo, Antonio, D. Antonio, el Sr. D. Antonio (Obligado) de así fué creciendo y creciendo su nombre como su fortuna, sin milagro de ésta, ni privilegiado ingenio de aquél, ayudado el trabajo por su tesón, actividad y honradez; emprendedor cual pocos y activo como el que más. Como la receta es de la más sencilla aplicación, sin pedir privilegio la entregamos al que quiera practicarla.

De honrados padres, pero pobres, nació en Calañas el 22 de enero de 1737, en el solar de su bisabuelo, sobre el que aún existe con el número 14, bajo su balcón, calle de la Quemada, vieja casa de fachada color chocolate.

Doce años contaba apenas, cuando, huérfano de padre y no queriendo servir de peso á la madre, con la bendición de ella y de Dios salió á correr tierras en busca de fortuna; que si más de un tropezón halló en el camino, animoso y testarudo, topó al fin con señora tan esquiva, prendiéndose á su cola, que no largó á dos tirones.

Bajando iba de Calañas, caminito á Sevilla, cuando fatigado y mientras arbitraba medio de pasar el río, cuyo vado no daba paso, entró á encomendarse y rezar la oración del caminante en el pequeño oratorio de la Coronada.

Aliviado de cuerpo y de alma por el descanso y la plegaria en que pedía la protección de la Virgen para la pobre madre de que se alejaba, encontró, pasando el río Odiel, una recua cuyo conductor le invitó á saltar en la última mulita, llegando á la otra orilla sin mojarse. Fué este el primer beneficio que recibió de la Patrona de su pueblo.

El conductor de mulas, que por el mismo camino iba, cayéndole en gracia la animosidad de chico tan resuelto, invitóle á seguir juntos, lo que Antonillo no se hizo repetir.

A la oración de ese día, entregados los fardos y mercancías en Sevilla, habiendo recomendado el capataz á su principal al Calañesito que alzara en el tránsito, tuvo dentro de su escritorio el siguiente diálogo:

— ¿Y tú para qué sirves?

— Para nada, señor — contestó el joven algo cortado. — Hasta ahora para poca cosa.

— ¿Y en adelante, D. Para-nada?

— Para cuanto guste mandar. Soy muchacho resuelto.

— ¿Sabes llevar libros?

— Nunca llevé otros que los de mi casa á la escuela.

— ¿Tienes buen mostrador?

— Ni bueno ni malo, señor, pues sólo me acercaba á él para pedir la yapa.

— ¡Pero sabrás al menos andar con las lámparas, fregar, atender al despacho de la parroquia!

— En cuanto á lámparas nunca me encontrará usted una, pues paso por muchacho muy limpio. Como no hay gallegos en mi pueblo, fregaba hasta hacer perder la paciencia á todas las brujas del barrio. Y en cuanto á la parroquia, ocurría á ayudar la misa mayor, cuando era bueno elgarnache quedado en las vinajeras, aunque pocas veces quedaba. Por lo demás soy muy listo, y aunque poco ó nada sé, cualquier cosa que me enseñen, en todo lo que me ocupe, verá usted cómo doy cumplimiento.

— Ya veo que elogios no te han de faltar mientras vivas; pero en resumidas cuentas, ¿para qué sirves?

— Ya lo he dicho, señor: para cuanto guste mandarme; que un joven de bien, trabajador y honrado, dispuesto y con voluntad decidida, para todo puede servir y llegar muy lejos, como repetía señor padre, que en gloria esté.

— En verdad que avispado parece el rapazuelo, y voluntad se atraen sus contestaciones tan á pelo. ¡Lástima que no tenga en qué ocuparte por el momento!

— Bueno, señor, buenas tardes — dijo el joven dando media vuelta, disimulando la contrariedad con que tropezaba en este su primer paso en falso en el camino de la fortuna que salía á buscar. No se le cayó el gozo al pozo, ni las ilusiones en la primer noche fuera de su casa, levantando sus castillos en España sobre los primeros mil duros que soñaba le habían de llover de alguna parte.

Retiróse cariacontecido en su abandono, acordándose por primera vez de la triste despedida en que dejara á su madre sola y llorando, al conceder con pena una separación quién sabe hasta cuándo; y fuese á despedir del único ser que en Sevilla conocía, dando el último beso en la frente á su paciente compañera de viaje, mansa mulita de paso, que en la cuadra rumiaba, y salió rumbeando planes, que entre mulas y muleteros consultaría sobre el mejor partido que había de tomar en su situación, repitiéndose sin desanimarse el refrancito de los muchachos de su pueblo: «Ayúdate,que Dios te ayudará.»


II

Y como al pasar por el zaguán, sobre el umbral de la puerta del escritorio,encontró al patrón discutiendo en alta voz con el arriero sobre cuenta y gastos de puentes y portazgos, cargas, arrías, descargas y alcabalas, por el mozo del ganado, y que el uno había pagado y que el otro no quería abonar, fuera justicia ó despecho, comentando la disputa que hasta la calle se oía, dijo Antonio al salir:

— Pues, claro está; el capataz tiene razón. Desde que ha traído doble carga de la que cada mula carga, doble comisión le corresponde.

— ¿Y á ti, quién te mete, Juan Copete? — gritó el patrón airado al ver que la razón que á él le faltaba se la encontraban en la parte contraria.

— Mire usted, señor patrón, en estas cosas yo solo me meto, pues á dar la razón á quién la tiene me han enseñado en la escuela desde chiquito.

Y el principal, aunque fulo y coloradote por muchas cosas que él se sabía y callaba delante de los acarreadores de la frontera, más cuerdo encontró comprimirse ante la firmeza del rudo mayoral, que con frecuencia era todo su desempeño en mercancías de contrabando, ya algo amostazado por el desaire á su protegido, y que le alzaba el gallo, apoyado su reclamopor un chico tan leído, más cuando no perdía de vista el relumbrante naranjero de ancha boca, cargado hasta la misma, terciado sobre su calañés: por estas y otras razones, reflexionando un momento y cambiando de tono, agregó:

— ¿Sabe que puede tener razón el muchacho? A ver, entra en el escritorio, toma la de ganso y saca la suma exacta.

— La tomaré, pero no necesito de más contador que éste que Dios da á los pobres.

Y recorriendo los dedos, añadió:

— Cuatro mulas de carga, á dos cargas por mula, suman ocho, y multiplicadas á ocho reales vellón cada una, hacen sesenta y cuatro duros, que suman cuatro onzas como ojos de buey, que corresponden á los ojos del capataz que tan bien ha conducido el ganado y sus pertrechos, sin destajo ni merma. Más ocho puentes, desde la frontera hasta el de Triana, y una entrada de puertas al pasar sobre el Guadalquivir, que cobra almojarifazgos, suman cuarenta doblones, sin peseta más ni menos.

Y escribió el resultado de su multiplicación.

— ¡A ver! ¡A ver! — dijo el patrón asomando sus gafas sobre el papel.

— Pero, muchacho, ¿esta letra es tuya?

— Y de usted también, si servirse de ella gusta.

— ¡Pero si no tengo escribiente ni contador de tan buena letra en todos mis dependientes!

— Lo que quiere decir que no sólo en Sevilla escritores hay que no saben escribir, como el cartulario de mi pueblo, que él mismo no entiende lo que escribe.

Y recapacitando el provecho de tan hábil contador:

— Pues me quedo contigo, chico — agregó.

— O con mi letra, que todo es trabajar. A ello he salido, y de arriero ó escribiente, todo oficio es honrado.

— ¡Cómo te achicas que no sabes nada, si tan hermosa letra no la gasta aquí ningún escriba!

— Sé sólo ser honrado, señor patrón, que mi madre me parió honrado, y en la escuela me han enseñado á dar la razón á quien la tenga, cueste lo que cueste.

— Pues con tales principios, bien pronto te abrirás camino. Está bien; quedarás agregado al escritorio. Ya veremos qué partido podremos sacar de ti.

— ¡Y yo que pensaba sacar mejor partido! — murmuraba por lo bajo el joven, más entonado.


III

Poco tiempo calentó silla Antonio en aquel comercio. En cuentas y balances llevaba tan bien los asientos, el mayor y caja por partida doble, el diario y los auxiliares, todo al día, que cada vez su patrón más prendado quedaba por semejante adquisición; cuando pasados dos ó tres años, concluído el balance de caja, satisfecho de los servicios de aquel joven á quien ya le había tomado cariño, le llamó á cuentas, interrogándole en tono de protección:

— Y bien, D. Antonio, ¿qué se propone usted?

— ¡Hacerme rico, señor!

— Todo el que trabaja, á eso debe aspirar. Yo estoy contento con un dependiente tan puntual; pero aquí en esta casa, donde el giro es limitado, ¡hay tantos dependientes! Mañana es día de Año Nuevo y estoy satisfecho de su buen desempeño: ¿qué puedo hacer por usted?

— Darme la mano, señor.

— Las dos le daré de mil amores.

— No es eso, señor: con una manito de ayuda que usted me dé, ni necesito las dos, que yo con las mías me basto.

— ¡Ah! Si eso es así, ¿en qué forma quiere que le proteja?

— Facilitándome viaje para el otro mundo.

— ¿Pero, hombre, cómo? ¡Qué!, ¿tan desesperado se halla? ¿Tan joven pretende suicidarse? ¿O me pide usted que le pegue un tiro y, como rumboso andaluz, le compre caja y mortaja para tan largo viaje?

— Ni capa para el camino necesito, pero sí el pasaje que usted puede proporcionarme en el San Ramón, navío de esta matrícula, que apareja para las Américas y sale dentro de poco de Sanlúcar de Barrameda.

— ¿Y ha pensado usted bastante lo que me propone?

— Y muy mucho, señor; que por lo mismo que á este llaman viejo mundo, creo que ya está un poquito gastado, y poco mundo es para tantos como los que pretenden hacer fortuna en él.


IV

El primer día del año 1765, un hombre joven, bajo, grueso, de ojos azules, sanguíneo, robusto, jocoso, derramando salud y sal andaluza en todos sus dichos, abría los cimientos de su primera casa en esta ciudad, en la primera cuadra de la plaza, contiguo á la tienda del Sr. González del Solar, propiedad después de D. Celedonio Garay, el amigo de su última hora, como que todavía en 1822 fué testigo del poder que para testar dejó á su hijo.

El que naciera pobre en Calañas en 1737, rico en Buenos Aires, salió de aquí cumplidas sus ochenta y cuatro navidades, para reposar en la vecina iglesia de San Roque, como uno de sus benefactores.

Pero la puerta del hogar que allí levantó, donde la puso se está, y al llamador subsistente con que llamaba el fundador de una de las familias más numerosas, han seguido llamando hijos, nietos, bisnietos y tataranietos por ciento cuarenta años. El de 1580, su bisabuelo colocábala puerta que aún hoy se ve en Calañas, bajo el número 14, calle de la Quemada, conmemorando el gran incendio en ese pueblito.

A poco tiempo de llegado en el mismo buque D. Juan Esteban Anchorena, el Sr. García Zúñiga, Garay, Gómez y González, por sus recomendaciones y buena conducta, como por su hermosa letra y hábil contabilidad, encontró colocación lucrativa.

Detrás del mostrador, aquí sí ya tenía buen mostrador, se puso en acecho de la Fortuna, por si pasaba. No mucho tiempo transcurrió en que no sólo pasara por su puerta, sino que se coló dentro, apareciéndosele primero bajo la forma de padre de tantas campanillas como fray Pantaleón García, nuestro primer orador sagrado, descendiente de una de las familias fundadoras, y de muy buena vista para descubrir los mejores en cada ramo.

Así transcurrido algún tiempo, y habilitado con los mil duros del dorado sueño, su antedicho guía espiritual le habilitó también con una de sus hacendosas primas, que valía mucho más.


V

A poco andar, D. Antonio, que nunca fué lerdo, y ya en mejor situación, con los mil duretes hizo muchos mil duritos, y con la prima de fray Pantaleón le dio muchos sobrinos, dejando hasta su quinta generación numerosa prole en amplio bienestar.

Largo por demás sería seguir paso á paso todos los de la fortuna de este ingenioso comerciante, cuya casa, como las de Escalada, Sarratea, Arroyo, Lezica y Aguirre, compraba tierras por leguas de leguas, como mandaba muladas al Alto Perú, de donde volvían cargaditas de oro y plata, y también de azogue.

Dependiente primero, empleado en las Cajas Reales como contador de Hacienda, rematador de diezmos del rey, que entonces se recogían en especie, fué adelantando, prosperando y adquiriendo campos baratos para depositar haciendas. Y así por su actividad incansable y honradez á toda prueba, á la vuelta de los años se encontró con capital que le permitió variar la plata. En cuanto á principios económicos, poseíalos tan anticuados y prácticos, que no son para contados. Moneda corriente es hoy, por ejemplo, creer que todo comerciante posee un capital mayor que en caja, en su crédito, y D. Antonio tenía por costumbre comprar todo al contado. Amigo de servir á todo el mundo, jamás dio su firma, ni pidió la de otro. Vulgar corruptela es gastar el doble de la renta, y él observaba invertir sólo la mitad. Para él no había economía pequeña, y todo gasto superfluo lo creía inútil. Nunca detenía dinero sin redituar, y con tales principios, trabajando con actividad y acumulando con tesón, fué muy lejos, llegando á legar cuantiosa fortuna que puso á cubierto de toda contingencia su primera, segunda y tercera generación que alcanzó.

Previsor, como hemos dicho, compró y conservó cuanto hueco y esquina pudo, hasta ser apodado El señor de las esquinas, perseverando en su idea de conservar cuanto adquiría.

Creía que la subdivisión natural de la propiedad territorial presentábase más fácil y conveniente á la división testamentaria, valorizada por su simple conservación en el transcurso de una generación á otra, repitiendo este su principio económico, que conservar equivale á valorizar.

El remate de las haciendas correspondientes á diezmos de Cajas Reales le obligó á adquirir campos hacia los cuatro extremos, y cuando en 1782, por intermedio de fray Pantaleón García, compró el Rincón del Canónigo Andújar, cinco leguas sobre el río Paraná por cinco de fondo, ya contaba en Arrecifes otra estancia con el Sr. Andrade, y diez años antes había comprado al Sur vastos campos en las Brujas.

Ingeniosa fué la adquisición de algunos de ellos. No tenemos noticia que indio alguno de la Pampa llegara á Rusia. Por ambos extremos hemos viajado, extrañándonos la coincidencia de la forma en que hasta el presente se enajena la tierra en algunas estepas moscovitas, por todo lo que se alcanza á caminar en un día.

Así defendiendo los indios la tierra en que nacieron, y teniendo por intrusos en ella á los españoles, en defensa del principio de propiedad, proponían á los más lejanos pobladores venderles la que necesitaran, y como el precio era ínfimo, los más prácticos estancieros convenían pagarles en yeguas aquellas que los indios decían pertenecerles.


VI

Antiguos hacendados, de los que no fueron los únicos López Osornio, Ramos, Anchorena, reconocen el origen de sus fortunas en pactos semejantes, sin que haya ejemplo que en invasión alguna se haya dado malón en tierras así adquiridas.

Encontrándose un día D. Antonio, del otro lado del Salado, con el Cacique negro, le preguntó qué área de campo le vendería.

— De sol á sol, hermano, por doscientas yeguas.

Y al día siguiente, galopando á la par, desde la salida del sol, el más vaqueano de los lenguaraces con el no menos ducho de los capataces, fueron á detener riendas lejos, muy lejos del punto de partida.

— Hasta aquí no más, hermano — dijo el indio viejo y plantó estaca.

— Pero bien: este es el largo, ¿y el ancho?

— El de dos caballos.

— ¡Otri! ¿Y cómo vamos á poblar estancia así?

— ¡Esto diciendo Cacique y dando vuelta rienda!

No hubo más. Como el trato había sido doscientas yeguas por extensión alcanzada en el galope de un caballo, desde que se levanta hasta que se acuesta el sol, y éste se había dirigido de Norte á Sur, otras doscientas yeguas hubo de pagar para cuadrar el campo en segundo galope de sol á sol y de Este á Oeste.

Estas grandes áreas así vendidas sin papel pintado, dinero ó escritura, por los indios á los primeros pobladores de nuestra campaña, valieron más que las adquiridas ante cartularios de ante mi y doy fe, en cuanto al respeto en las invasiones de indios hasta el siglo pasado y después de título de posesión.

Y como aunque las autoridades subsiguientes no respetaran mucho título tan en el aire, afirmado sólo por el galope de un caballo, el del más antiguo ocupante fué sin duda siempre el mejor. Con el andar del tiempo, mucho se retacearon áreas sin límites fijos; pero la mitad de la mitad ó fracción cualquiera valorizada por la población ha sido el origen de muchas fortunas, contándose á la fecha así las más cuantiosas, no por el mayor número de fincas, sino por el de más leguas de tierra.

Mucho es lo que ha crecido la propiedad urbana, pero más ha centuplicado el valor de la propiedad rural.

Y como para muestra basta un botón, sobrará recordar que si la primera manzana que referimos sobre la plaza principal fué vendida por una yegua blanca y un traje de paisano hace tres siglos, noventa años há el valor de la legua al otro lado de San Borombón sólo era de veintiséis pesos, vendiéndose otras á diez y seis.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Después de ciento treinta años, doscientos descendientes de ese progresista hacendado cuentan hoy su bienestar, resultado de aquellos primitivos mil duros que hábilmente sembrados produjeron innumerable cosecha.

Entre ellos hubo ministros, gobernadores, legisladores, magistrados, abogados, médicos, militares, sacerdotes, comerciantes, literatos, estancieros y estadistas que dejaron su paso honorable marcado en este suelo.

Porque D. Antonio no fué un simple pionnier, sino también una inteligencia despejada, alentada por la mejor voluntad de aprender y enseñar cuanto útil encontraba á su paso. Así dedicó á cada uno de sus hijos á diferentes carreras é industrias hasta enviar uno á paso de mula caminito á Chuquisaca, de cuya Universidad volvió con las borlas doctorales.

¡Cuánto alcanza el trabajo perseverante, impulsado por una firme voluntad! ¡Cuántos, como el Antonio Calañesito de nuestro cuento, pobres en España, son hoy ricos en Buenos Aires!


De:

Tradiciones Argentinas

autor:

Doctor Pastor Servando Obligado (1841-1924)
Miembro Correspondiente de la Real Academia Española

MONTANER Y SIMÓN, EDITORES
Calle de Aragón, Núms 309 y 311
Barcelona
1903


Transcripto del original
por Alejandro Lieber
Tatataranieto del autor
Nieto en septima generación del Sr. Don Antonio.
20 de abril de 2011

Volver a Familia

Volver a Alejandro Lieber Home Page